14 Dic

Moura

El arsenal llevaba ahí por lo menos desde 1935. El padre de Tiago, el viejo Senhor Moura, tenía dieciocho o diecinueve años por entonces y nunca supo decirle si lo habían escondido allí los nacionales o los republicanos. Según el día en el que le preguntases, los soldados que llegaron con tres carros de bueyes cargados de granadas, obuses, pistolas Walther PPK y Berettas, fusiles, mosquetones, carabinas e incluso alguna ametralladora iban vestidos de gris, de azul o hasta de rojo. Una vez dijo que eran anarquistas que pretendían volar la sede del gobierno en Lisboa. En uno de sus últimos días, cuando ya apenas hablaba más que para balbucear algunos nombres inconexos o alguna letanía quejumbrosa, se arrancó con un relato alucinado pero explicado con todo detalle, sobre el día en el que unos norteamericanos disfrazados de cazadores llegaron con un séquito que portaba decenas de baúles, todos llenos de aquellas armas que ahora se llenaban de polvo en su caseta, bajo la falsa gruta excavada en el lado más lejano del riachuelo, una Santa Bárbara fluvial olvidada por casi todos.

Comienzo de Moura, el relato de Alberto Haj-Saleh para La vida en la frontera.

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