15 Dic

La marcha

La evacuación y el siroco habían vaciado El Aaiún. Deshabitada, la ciudad parecía aún más pequeña. Reducida a una avenida de casas bajas color adobe con las puertas atrancadas. Un perro acemilado y enjuto intentaba levantar con el hocico una caja vuelta hacia abajo. Por curiosidad o buscando cobijo contra el viento rojo. Abdallah pasó a su lado. Se movía deprisa. Tenía motivos para estar nervioso. Debería estar al otro lado de la línea que separaba el barrio saharaui del español. Eran más de las cinco. Toque de queda para los suyos. Aflojó el paso aliviado. No parecía haber ningún gendarme en el control de paso. En la tapia junto a la caseta una pintada decía “Viva España esté donde esté.” Cuando Abdallah se agachó para pasar por debajo de la barrera una voz le dio el alto. Se quedó paralizado. Un guardia asomó por el muro.

A partir de aquí, La marcha, de Santi Pagés, no hace más que ir hacia arriba.

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