19 Dic

El chaval

El chaval estaba acuclillado en el camino y observaba la crecida del arroyo con el rifle sobre las rodillas, la correa cogida con un par de vueltas para que no diese en el suelo. Las aguas bajaban frías y turbias y llevaban el gris exacto del barro de los campos. Ya sólo quedaba nieve en las montañas y se derretía despacio bajando por los torrentes y por los ríos y los arroyos hacia donde el invierno ya se había convertido en otra cosa con lluvias y frío. El chaval miró hacia atrás. Los perros y la yegua lo observaban. La yegua resoplaba escuchando el rumor del agua. Los perros olisqueaban los arbustos mojados y lo miraban con sus ojos enormes y negros por completo como gotas de tinta. El chaval se puso en pie, se echó la correa al hombro y caló la gorra de su abuelo hasta las orejas rojas y castigadas. Decidió tomar otro camino.

¿Tiene nombre la yegua? ¿Saben nadar los perros? El chaval, escrito por el experto en el agro Francisco Serrano, responde a tus preguntas.

18 Dic

El túnel Bermelho

La civilización llegó a Valle de la forma más discreta posible: a lomos de un burrito, con un pañuelo en la cabeza y el mentón colgando sobre el pecho, inerme, sin que sus ojos se abrieran con los baches en los que el animal, como si le molestara la indiferencia de la pasajera ante su trabajo, se empeñaba en meterse una y otra vez.
El bocado del burro iba unido a la silla de montar de un hombre corpulento y algo encorvado, que de vez en cuando miraba hacia atrás para cerciorarse de que la corta comitiva iba al completo. Conforme la torre de la iglesia se fue haciendo más grande, y el descenso desde la sierra menos empinado, las miradas del jinete aumentaron en frecuencia, hasta que se detuvo y habló con suavidad a la mujer dormida.

¿Es la civilización una señora dormida a lomos de un burrito? Antonio Castaño opina que sí, y ha escrito El túnel Bermelho para demostrarlo.

17 Dic

El enjambre

Debe de existir un límite al desbarajuste que un vehículo puede soportar, sobre todo si pretende funcionar —por supuesto, no se le exige el mismo rendimiento y concentración al medio de transporte que se da por perdido y al que se relega a lo oxidado de un desguace. Debe de existir, sí, y sin duda alguna este automóvil al que nos remitimos desafía ese límite con descaro, desde su carrocería frita hasta lo más recóndito de sus concavidades. La composición de asientos roídos, remiendos con cinta adhesiva que a duras penas contienen la espuma del relleno, la enorme cuchara metálica travestida en freno de mano y los tubos desmembrados repartidos al azar en su interior, consigue sostenerse sobre cuatro heroicas ruedas. Su puesta en marcha, y la respuesta casi aceptable de motor y entresijos cinéticos, son todo un fenómeno que bien merece el viaje hasta Zamyn-Uud para ser presenciado.

Sabemos que necesitas saber qué pasa con los coches de Zamyn-Uud. Edén Barrena dedica todo El enjambre a ello.

15 Dic

La marcha

La evacuación y el siroco habían vaciado El Aaiún. Deshabitada, la ciudad parecía aún más pequeña. Reducida a una avenida de casas bajas color adobe con las puertas atrancadas. Un perro acemilado y enjuto intentaba levantar con el hocico una caja vuelta hacia abajo. Por curiosidad o buscando cobijo contra el viento rojo. Abdallah pasó a su lado. Se movía deprisa. Tenía motivos para estar nervioso. Debería estar al otro lado de la línea que separaba el barrio saharaui del español. Eran más de las cinco. Toque de queda para los suyos. Aflojó el paso aliviado. No parecía haber ningún gendarme en el control de paso. En la tapia junto a la caseta una pintada decía “Viva España esté donde esté.” Cuando Abdallah se agachó para pasar por debajo de la barrera una voz le dio el alto. Se quedó paralizado. Un guardia asomó por el muro.

A partir de aquí, La marcha, de Santi Pagés, no hace más que ir hacia arriba.

14 Dic

Moura

El arsenal llevaba ahí por lo menos desde 1935. El padre de Tiago, el viejo Senhor Moura, tenía dieciocho o diecinueve años por entonces y nunca supo decirle si lo habían escondido allí los nacionales o los republicanos. Según el día en el que le preguntases, los soldados que llegaron con tres carros de bueyes cargados de granadas, obuses, pistolas Walther PPK y Berettas, fusiles, mosquetones, carabinas e incluso alguna ametralladora iban vestidos de gris, de azul o hasta de rojo. Una vez dijo que eran anarquistas que pretendían volar la sede del gobierno en Lisboa. En uno de sus últimos días, cuando ya apenas hablaba más que para balbucear algunos nombres inconexos o alguna letanía quejumbrosa, se arrancó con un relato alucinado pero explicado con todo detalle, sobre el día en el que unos norteamericanos disfrazados de cazadores llegaron con un séquito que portaba decenas de baúles, todos llenos de aquellas armas que ahora se llenaban de polvo en su caseta, bajo la falsa gruta excavada en el lado más lejano del riachuelo, una Santa Bárbara fluvial olvidada por casi todos.

Comienzo de Moura, el relato de Alberto Haj-Saleh para La vida en la frontera.