Los zombis también tienen su credo

Creo en la resurrección de la carne, en la vida eterna…

La obsesión por concebir una unidad entre un conjunto determinado de células orgánicas y una entidad espiritual autónoma y soberana es una inmensa gilipollez. No funciona. Eso lo sabe todo el mundo, pero como parece que se ha extendido demasiado el mito del individuo con plan de vida y tiempo limitado, así como el artificio jurídico del ciudadano con deberes y obligaciones, me veo forzado a recurrir a la hipérbole y a la retórica, que hoy parece ser casi el único lenguaje fáctico, la única vía eficaz de convertir palabras en hechos (el otro es el código computacional y los algoritmos, pero eso <yo> no lo controlo).

Los zombis ya no son lo que eran. Antes eran animados por rituales vudú, y arañaban las tablas de pino y escarbaban hacia arriba como Uma Thurman en su memorable escena. Ahora destrozan a patadas el cierre hermético de la cámara frigorífica de un laboratorio en el que ensayan con mutaciones bacterianas. En cualquier caso, lo que mueve al zombi es un soplo de fuera. ¿De quién es el cuerpo del zombi? El cuerpo del zombi no es suyo, pero obviamente tampoco es del brujo ni del científico demiurgo – ellos perdieron el control hace tiempo. ¿Será de las bacterias o de las deidades? Absurdo: si estas entidades tuvieran la coherencia suficiente como para poseer ordenadamente un cuerpo humano, podrían disponer de títeres bastante más interesantes que ese torpe bípedo implume. Si yo fuera un Dios Oscuro, lo que menos me interesaría sería yo.

Aun así, la idea de entidades supraindividuales pero antropomórficas que se sirven de cuerpos es eterna y omnipresente. En la umbanda, el exu se encarna en los “caballos-de-santo” (mediums) para cabalgar hasta la tierra y aconsejar a quien escuche, o para cumplir pedidos o seguir órdenes. Exu no es un Dios ni un Diablo, es un compañero extraño, es una fuerza que sigue una moral bizarra, cuyo factor más relevante es el sentido del humor. El trickster de los orixás. Pero estábamos hablando de zombis, de renunciar al cuerpo, de perder el control, de prestar la máscara (persona, en latín).

Cuando algún arquitecto del ordenamiento jurídico moderno concibió el increible artificio de la “persona jurídica”, a nadie le pareció una locura. Fantástico, dijeron, así podremos correr los riesgos inherentes a toda empresa y saquear lo que haga falta; cuando vengan a buscarnos sólo encontrarán la máscara, y yo estaré tomando el sol en Zihuatanejo. ¡Iluso trickster el jurista, que nunca leyó Neuromante! Detrás de las personas (sean físicas, corporales, vivas, muertas o jurídicas) lo único que hay son ideas, código, algoritmos defectuosos en perpetua optimización.

Y el código más potente es la palabra concreta, el nombre propio. Fiat Lux, Pereat Mundi… y en la siguiente escena es Shiva, el destructor de mundos, y es Krishna y es Oppenheimer, pero detrás de ellos sólo era una idea, un versículo, una imagen torpemente descrita. Los nombres adquieren una entidad que se alimenta de sangre, que devora neuronas y destruye vísceras. Si se dota de coletilla de tres letras a la derecha del punto, el nombre se convierte en territorio. Episkaia.org es una plaza. Una plaza tomada, dirán algunos. Una plaza que nos toma, en realidad, pero eso sólo lo sabemos los que somos abducidos. ?Qué mierda andan buscando los aliens, que sólo pasean por aquí pero nunca aterrizan? Saqueadores de las sombras, hurgan en nuestros rectos, se llevan muestras de la flora intestinal y los bifidus activos, vuelven a su viejo mundo y nos dejan más desorientados que un maya en el XVI.

Pero todavía más abrumador es el credo de los zombis. No porque sea intrigante, sino porque no se oculta. Nadie sabe lo que quieren los aliens, pero todo el mundo sabe el por qué de los zombies. Es explícito: lo que mueve a los zombis es la caza de cerebros. El hambre insaciable es su único credo.

A veces, es este credo vampírico el que se apodera de mis dedos y las teclas que baten en las tripas de mi netbook. A veces son otros: como todos los nombres, mi netbook y yo somos sólo encrucijadas, ventanas abiertas por las que fluyen fantasmas. Un ejército recurrente que pasa entre mis orejas es el que se conjura con la fórmula de Ballard. Os dejo con el conjuro, mientras mi cuerpo saldrá a cazar: esta saliendo el sol y siento hambre de cerebros1.

Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, para soltar las riendas de la verdad dentro de nosotros, para demorar la noche, para trascender la muerte, para congraciarnos con los pájaros, para ganarnos la confianza de los locos.

Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de los choques de autos, en la paz de los bosques sumergidos, en la excitación de las playas de vacaciones cuando están desiertas, en la elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los estacionamientos de muchos pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.


1Aquí, evidentemente, me remito a la inapelable sentencia de Martin (Hache): “Hay que follar con las mentes. Hay que follar con la ilusión y el miedo, con los sueños, con los fantasmas y las mentiras. Hay que follarse a las mentes”.

-Potato’s Armitage

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