La siempre complicada asunción de la responsabilidad propia en los acontecimientos desagradables

En lo que viene siendo un nada sorprendente giro de los acontecimientos, más parecido a una suave curva en llano que a un brusco cambio de sentido en el sendero hacia alguna ignota y borrascosa cumbre, Episkaia ha estado desaparecida durante meses. Tantos, que llegan a sumar algún año. Se hicieron promesas, se incumplieron, los pocos fervorosos seguidores que le quedaban a este humilde papelito dejaron de serlo… nada que no hubiéramos visto antes, si somos sinceros.

Y ya que estamos con la sinceridad, dejemos la hipocresía y las buenas maneras que siempre han caracterizado a esta santa casa y a sus ocupantes a un lado y adjudiquemos responsabilidades de forma justa. Porque el hecho de  no leer Episkaia durante meses tiene dos causas, y no una como los críticos se empeñan en repetir machaconamente: es evidente que algo de culpa es nuestra, de la redacción de esta informal publicación, por no sacar nuevos números. Pero lo que se pasa por alto, de forma malintencionada la mayoría de las veces, es que son Ustedes los que han no leído Episkaia. No nosotros, Ustedes. Y, mientras que la falta de rigor, la mentira y la picaresca forman parte de lo que alguien más pedante que cualquiera de nosotros –alguien que probablemente fumaría en pipa y usaría tirantes y sombrero- podría llamar nuestro ADN editorial, creemos que no es mucho pedir que los lectores por los que nos desvivimos y en aras de cuyo entretenimiento descuidamos nuestras obligaciones familiares, sociales e incluso biológicas muestren algo más de seriedad, esforzándose más allá no de sus propios límites, sino de los nuestros, y leyendo Episkaia incluso en los momentos en que su existencia resulta esencialmente dudosa.

Concluido este corto pero intenso viaje por las siempre cálidas tierras del Rencor y la Evasión de Responsabilidad, no está de más dar la bienvenida a los millones de nuevos lectores que pretendemos acoger en esta nueva etapa de Episkaia, la revista que sale de vez en cuando, y nunca cuando la esperas. ¿La han recibido? Bien, podemos seguir.

Antes de presentar el primer número de la época N de Episkaia -19 en la numeración habitual-, es necesario hacer algunas aclaraciones, aunque la mayoría resultarán innecesarias para nuestros avispados lectores. Este avispamiento o avispacidad les habrá permitido darse cuenta de que no están sosteniendo un papel en sus manos. ¿Cómo puede ser eso? ¿De dónde salen estas palabras que estoy leyendo, si no de un papel? ¿Qué brujería es esta?

Calma. Quizá la emoción que le embarga le haya hecho perder el oremus transitoriamente, pero nos encontramos en los albores del siglo XXI. A primeros de 2011, para más señas, y si no se da usted cuenta de que está leyendo este larguísimo editorial en la pantalla de un ordenador o dispositivo electrónico equivalente, busque ayuda profesional. No, no la busque en nuestra página. Salga de aquí, anacronismo humano.

Sí, amigos: Episkaia se pasa al reino de lo intangible. A partir de ahora, y si no aparece un hombre con una maleta llena de petrodólares en la puerta de la redacción en un futuro próximo, nuestra revista solo estará disponible en Internet. Esto se debe a que, por una parte, imprimir cosas es caro. Además, una de las dificultades que nos han impedido sacar más números durante este tiempo ha sido la imposibilidad de juntar ocho páginas de artículos con una periodicidad aceptable sin hacer explotar a los redactores como bestias de carga; este problema queda en parte subsanado gracias a la flexibilidad del formato web que utilizaremos a partir de ahora –aunque no se descarta sorprender a nuestros fieles lectores con números especiales impresos en papel biblia e ilustrados por los más prestigiosos monjes benedictinos-, y tampoco nos viene mal que los hábitos lectores del internauta medio limiten su capacidad de atención a, aproximadamente, la cuarta parte de la extensión de este editorial. Así, menos (nuestro trabajo) parece más (su disfrute) y todos ganamos. Más o menos.

Por último, y no es poca cosa, la disponibilidad ilimitada de espacio permite a nuestros articulistas extenderse más allá de lo razonable, con lo que evitamos que ideas a menudo brillantes queden constreñidas por el ajustado presupuesto de que disponemos. La parte mala es que tienen que soportar editoriales como este, claro.

Terminamos esta ristra de excusas ya y, sin más dilación, pasamos a comentar brevemente el contenido de este número, que trata el recurrente tema de la resurrección. A los cínicos que creen que nuestra accidentada historia editorial no es más que una excusa para convertirnos en los máximos expertos, junto a la Santa Madre Iglesia Católica y  Marvel Comics, en la resurrección de la carne y el espíritu, les decimos que qué más quisiéramos. No tenemos tanta capacidad de planificación.

Lo que sí tenemos –y nótese el sutil cambio de tema- es un magnífico poema escrito por una vieja conocida de nuestros lectores, Clara Morales Fernández, conocida en ocasiones como Funambulista. Este poema, con el Apocalipsis como referencia, sirve de alegoría de lo que ha supuesto para el mundo la ausencia de Episkaia: dolor y muerte, vamos.

Continuamos con una representación a cargo de Alberto Sánchez Ballesteros de la muerte y renacimiento de un universo cualquiera, continuado por un texto de Nadio Leal, que con breves trazos nos proporciona una guía de alto valor divulgativo acerca de la aparición de la materia y los seres humanos. En quinientas palabras, para darle más emoción y ritmo.

La última sección la componen nuestro corresponsal en Brasil, Potato’s Armitage –uno de los múltiples alias de un colaborador habitual cuyo estilo no deberían tardar en reconocer- y un corto texto de Antonio Castaño Tierno (conocido en círculos algo menos que selectos como Quettaheru) sobre el cuidado que debe darse a un fénix recién renacido.

Esperamos que disfruten la lectura de este número. Y, para que no se sientan decepcionados, aquí tienen una excusa más: no hemos sacado nuevos números en varios años porque estábamos esperando al primer año primo desde que nació Episkaia: 2011. Por tanto, no nos hallamos ante una nueva muestra de vagancia, sino de coherencia. Como siempre.

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