Cómo cazar un ave fénix (y no ponerse perdido de cenizas)
Ryan C. Deer
Traducción de Mónica Reyes
Editorial Safari. Monterrubio de la Serena, 2010
90 páginas. 24 euros
Tras varios años de espera, debidos principalmente a los problemas legales que han afligido a los responsables de la Editorial Safari tras el desafortunado descubrimiento de las cacerías organizadas en su finca, tenemos entre nosotros la obra magna de Ryan C. Deer, el manual definitivo para la caza del ave fénix. A lo largo de sus tres grandes bloques (Leyenda del Fénix, Vida y Costumbres del Fénix y La Captura del Fénix, respectivamente), el experto cazador nos deleita con su inimitable y sencillo estilo, haciendo que la lectura sea amena e ilustrativa tanto para el cazador novel como para el rey de la jungla, sin descuidar en ningún momento a los ajenos a la pasión cinegética, que encontrarán en las páginas de este exclusivo volumen motivos más que suficientes para adquirir sus redes y rifles y poner rumbo a las ruinas de Babilonia en busca del Al-Anka, la más mítica de las aves.
Es posible que la sección más floja de la obra sea la primera, pues aunque Deer realiza un esfuerzo encomiable para acercar las historias y mitos que rodean a este ser fantástico –y seguimos hablando del fénix-, resulta evidente que le cuesta resumir sus asombrosos conocimientos en las pocas páginas de que dispone. El resultado, aunque sigue estando muy por encima de lo que cualquier otro autor ha conseguido anteriormente en relación con este tema, desmerece ligeramente en el conjunto del libro.
En la segunda parte, dedicada por entero a los hábitos de cría, alimentación, reproducción, muerte y resurrección del ave fénix, así como a sus hábitats tradicionales, nos encontramos con el Ryan C. Deer que conocemos y amamos de obras anteriores como El león dormía por la mañana (hasta que lo maté) y El tiranosaurio ya no da sombra, ahora la doy yo. Las referencias a textos persas, asirios, aqueos y protoeslavos abundan –no hay que olvidar que, además de un cazador sin par, Deer es doctor en Lenguas Perdidas por la Flowerlooking of the Hills’ Baptist University-, dando al texto una riqueza y profundidad que no hace sino aumentar el interés del lector, e incitarlo a lanzarse a por la tercera parte, que se extiende por las últimas cincuenta páginas y en la que desde el principio se intuye estará el grueso del esfuerzo creativo y documental del autor.
Al lector que haya creído que lo mejor estaba por llegar no le habrá engañado el olfato, pues la última sección es, si me permite la expresión, una auténtica orgía para los sentidos -¿no están acaso destinadas al disfrute de estos todas las orgías?- en la que Deer echa el resto: los relatos de cacerías mitológicas protagonizadas por los descendientes de Salomón, obtenidos de versiones prohibidas de la Biblia, se mezclan con las únicas pruebas de arte figurativo musulmán conocidas, presentadas aquí en exclusiva por el autor como si tal cosa, sin prestar atención a su importancia teológica o artística. Pues Deer, como los animales a los que caza, ha olido sangre, y su instinto de cazador le lleva –nos lleva- sin pausa, frenéticamente, hacia su presa: haciendo a un lado las ramas de la cultura, el arte y la civilización, nos precipitamos hacia las profundidades de la selva, trepamos cumbres y cruzamos desiertos, siguiendo al que sigue la pista de la presa más elusiva de todas. Pues estamos asistiendo al relato fidedigno de la persecución de Ryan C. Deer, el Cazador, tras el ave fénix, a lo largo y ancho de décadas y continentes, sin reparar en gastos ni objeciones de tipo político o moral. Y, finalmente, en un clímax que ni el mejor de los thrillers podría conseguir, asistimos al enfrentamiento final entre el Hombre y el Mito. El duelo en el que el primero podría convertirse en el segundo. Porque lo que Deer persigue, ambicioso y tenaz cazador como es, no es otra cosa que la Inmortalidad, el secreto del cual el fénix es custodio. Y, con lágrimas en los ojos, pues es imposible mantener la serenidad y el distanciamiento crítico al llegar al final de este drama, asistimos al choque de voluntades, y a través de los ojos y la afilada pluma del depredador entendemos por fin a nuestro rival. Y le perdonamos.
Así, con este gesto magnánimo, con esta generosidad tan humana y a la vez divina, Ryan C. Deer alcanza, en el preciso momento de dejarla escapar, la inmortalidad.