A modo de justificación

Al principio, según tenemos entendido, todo hizo pum y el patio quedó bastante revuelto y desorganizado. Algunas formas de materia y energía vagaban vaya usted a saber con qué fin; quizá muchas de ellas pretendían coincidir en el espacio y el tiempo, con el afán de conformar nuevos y mayores sistemas. Y quizá estos encuentros fueran desafortunados para algunas otras, tanto que en muchas ocasiones produjeron posteriormente la separación, disgregación y huida despavorida de partes de muchos de esos sistemas, tras acaloradas discusiones sobre por qué estaban alcanzando tal complejidad, con lo bien que estarían dando tumbos por el vacío sin ton ni son, sin dependencia de estas construidas intenciones con las que nosotros tratamos de justificarlo todo.

Dejando para más adelante las razones que impulsaron a estos indefinidos elementos a formar piña y divorciarse después, y tantas veces hacer nuevas amistades y repetir de nuevo la historia, lo que parece es que, en una de esas, en algún punto de los que consideramos más o menos próximos en las dimensiones que continuamente pretendemos delimitar y medir, y antes de que de nuevo la discordia culminase disolviendo su contexto, tomamos conciencia de nuestro ser: aparecimos nosotros.

Los seres humanos tratamos desde entonces, con distintas construcciones de las que llamamos intelectuales que alcanzan niveles de abstracción récord según se van sucediendo, de conjugar el instinto de autoconservación propio de los seres naturales con nuestra propia inteligencia. Pues la inteligencia de una mujer (u hombre, claro), de tan maravillosa, es capaz de encontrar vestigios del paso de nuestra amada causalidad en todo este barullo sin apenas inmutarse, identificándolos como lógicos, creando tantas y tan creíbles síntesis que puede esgrimirlas contra sí misma y la de otras personas; aprovechar la intangibilidad de sus teorías para manipularlas y combinarlas hasta hacerlas caer en contradicciones y falacias o, finalmente, darlas por conjuntamente válidas y convincentes como para entregarlas a otra gente, con la esperanza de que hará lo propio.

Gracias a todo este complicado y continuo proceso conseguimos, decíamos, distraernos lo suficiente como para olvidar preguntarnos por qué, en general, cultivamos esta necesidad de conservar la vida. Una pregunta a la que nuestro magnífico cerebro, tan diestro creíamos a la hora del arte y la ciencia, no parece capaz de responder con contundencia. Podremos, a lo sumo, identificarnos como un conjunto de aquellos incontables sistemas menores, tantos de los cuales tenemos ya asimilados, de partículas que pululaban mucho antes que nosotros formando y destruyendo sin saber cuáles eran sus móviles como no sabemos ahora nosotros sobre los nuestros.

Y ya que estamos, por qué no, podremos creernos también parte de otro sistema mayor con esperanzas de ser medianamente relevantes en su hipotética existencia. Y mientras, claro, utilizar nuestro intelecto para disfrutar de la creación y contemplación de tanto arte, y ciencia en una escala cercana a nosotros mismos, y modestas publicaciones escritas para no decir, en definitiva, nada; sino tan solo formar parte de nuestro divertimento y desinformación, los que nos convendría considerar dos valores prioritarios.

A ver si por lo menos conseguimos eso.

-Nadio Leal

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